http://v2.reflexionesmarginales.com/index.php/no-4-deleuze-un-pensamiento-nomada [fecha de consulta 2 de mayo de 2013]
Sobre Mil Mesetas, de Gilles Deleuze y Felix Guattari
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Categoría: Dossier
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Escrito por Antonio Negri
I.
Es en El Ser y el Tiempo donde Heidegger decreta el
fin del Geisteswissenschaften y su tradición (Iluminismo y
Hegelianismo), cuando, al comentar acerca del Briefwechsel (intercambio
epistolar) entre Dilthey y Yorck von Wartenburg, rinde homenaje a este
último por su “acabada comprensión del carácter fundamental de la
historia como virtualidad […] (lo que es) debido a su conocimiento del
carácter del propio Dasein humano”. En consecuencia, prosigue Heidegger,
“el interés de entender históricamente” se enfrenta al desafío de
elaborar “la diferencia genérica entre lo óntico y lo histórico”. Pero
se alejará de Yorck cuando éste, tras establecer claramente esa
diferencia, se desplaza de la virtualidad al misticismo.
Si, por otro lado, una vez separada de lo óntico, “la
cuestión de la historicidad se muestra a sí misma como cuestión
ontológica que investiga acerca de la constitución del ser del ser
histórico”, es entonces cuando debemos volvernos una vez más hacia
Dilthey, pese a su confuso vitalismo. Heidegger efectúa dos operaciones
simultáneamente. Por un lado, expulsa al Geisteswissenschaften de la
posición que ocupaba en el centro de la metafísica, como heredero del
Iluminismo y consecuencia del Hegelianismo. Por otro lado, completa el
trabajo crítico que mostró su valor precisamente en el historicismo de
Dilthey (a pesar de las limitaciones que ha señalado Yorck)- trabajo
acrítico que despliega la búsqueda del sentido de la historicidad y nos
permite desplazarnos desde la teoría de la objetividad hacia la de la
expresión, desde el reconocimiento de la historiografía en el contexto
de la crítica de la cognición hacia su definición en el centro del
esquematismo trascendental. La historicidad es entonces posicionada como
una dimensión ontológica, y sólo deja su residuo óntico para la
historiografía.
Es interesante observar que aquí Heidegger rompe (y
este fenómeno vuelve a suceder con frecuencia en él) “con ambigüedad” el
ritmo “de destino” de su crítica de lo moderno, mientras
paradójicamente traza “otro” significado de él – el que retorna a
aquella otra visión de la modernidad que, desde Maquiavelo hasta Spinoza
y Nietzsche, ha entendido a la historicidad como virtualidad absoluta, y
al ser como el poder de Ser-allí. Es precisamente en esa dimensión
donde habita la virtud de Maquiavelo. Pero es fundamentalmente en el
Tractatus Theologico-Politicus de Spinoza donde el sentido de la
historia es visto como la realización de una facultad: la imaginación.
Nacida de la confusión del primer tipo de conocimiento, es disuelta
creativamente en el segundo tipo, y presenta a la absoluta potencialidad
de la construcción ética del ser. Es ese impulso del ser como la
apertura de la historia, esa definición absolutamente inmanente de un
significado de la historia, la que Heidegger adopta y acomoda “con
ambigüedad”. Nietzsche comprendió sin ninguna ambigüedad este punto
crítico fundamental que, al mismo tiempo, cavó la tumba de los
historicismos y demando la apertura de la historicidad, haciéndolo el
corazón de una teoría del ser intemporal, virtual y creativo. El
auto-advenimiento del mismo tiempo está en acción aquí: es una relación
con la historia que consiste en una redención, no como culto del pasado
sino como conciencia de que sólo la tensión entre presente y futuro es
la trama de lo posible, un poder de decisión ontológica. Así habló
Zarathustra:
“Redimir la muerte y recrear cada “era” en un “lo
quiero así”, sólo eso podría ser, para mí, llamado redención. Voluntad,
ese es el nombre del liberador y de lo que nos trae alegría; eso es lo
que les he enseñado, amigos míos. Pero aprendan también esto: que la
misma voluntad es prisionera. Querer es libertar: ¿pero cual es el
nombre de aquello que coloca al mismo liberador en grilletes? “Era”, ese
es el nombre que hace rechinar los dientes a la voluntad, y es su más
solitaria aflicción. Impotente en referencia a todo lo que ya ha tenido
lugar, contempla al pasado con ira. La voluntad no puede valerse hacia
atrás: no puede interrumpir al tiempo y su avidez, allí está la más
secreta aflicción de la voluntad […]. Que el tiempo no retroceda, eso es
lo que lo irrita, “era”, tal el nombre de la piedra que no puede
mover”.
Es ese “puede mover” lo que contiene todo el significado de la historicidad.
Pero retornemos a Dilthey. Es efectivamente en su obra
que las tensiones entre la investigación histórica y el requerimiento
de una renovación del cuestionamiento sobre el significado de la
historicidad se hallan más plenamente articuladas. Es especialmente en
su obra donde el trabajo de comprensión histórica busca identificar su
terreno constitutivo, el cual, hablando aproximadamente, ha definido a
veces como filosofía de vida, psicología comprensiva, etc. Obsesionado
con el problema de la subjetividad histórica, Dilthey, durante toda su
investigación, efectúa el inventario de todas las formas posibles
mediante las cuales la ciencia histórica puede abrirse a la
historicidad, por así decirlo. Desde las posturas positivistas de su
“Lección Inaugural”, extremadamente crítica del carácter “castrado” de
la objetividad histórica, a la aguda conciencia en Erlebnis und Dichtung
del hecho de que “la historia no es en ningún modo susceptible de
constituir la suprema ciencia acabada, capaz de dar cuenta para un juego
dado de fenómenos de las causas concomitantes, incluso si uno fuera a
garantizarle un máximo grado de cientificidad”; desde el trabajo
kantiano del Einleitug en Die Geisteswissenschaften, contenido entre la
afirmación del Uno mismo “la cuestión, por lo tanto, es percibir, sin
permitirse atarse a prejuicios, la realidad de la vida interior, y,
comenzando desde dicha realidad, determinar qué naturaleza e historia se
relacionan con esa vida interior”) y una concepción del mismo Uno mismo
que en lo sucesivo está segmentado, fractal y difuminado (”el individuo
singular es el punto de conexión de una pluralidad de sistemas”), a la
construcción de tipologías históricas, como propuesta metodológica de
codiciosa universalidad y singularidad al mismo tiempo; desde el retorno
a la psicología en el Ideen, que intenta dar una consistencia dinámica y
productiva al sujeto histórico, y de descubrir allí el poder de
Erlebnis (tanto como vitalidad como conexión, como expresión y
determinación objetiva), a las últimas posturas vitalistas en las que el
núcleo psicológico se abre a la función expresiva y se determina en una
presencia que constituye su apertura ética: pues bien, durante todo
este inventario, el Geisteswissenschaften es concebido, cualquiera pueda
ser el caso, como crisis, y todos los caminos críticos están abiertos a
la problemática de la historicidad que aún no ha podido definirse. La
indecisión de Dilthey, ese modo de volverse un psicólogo o filósofo de
la vida, que siempre lo condujo más allá de cualquier postura filosófica
que adoptase, ilumina la intensidad del desgastamiento ontológico que
realiza, que nos guía al borde del descubrimiento de un nuevo
significado de la historicidad.
¿Por qué es tan importante este procedimiento
Diltheyano? Porque mientras anticipa las conclusiones de Heidegger,
también explora pot completo otros caminos, y es sólo refinando y
permitiendo al polvo depositarse en estas operaciones como la decisión
ontológica Heideggeriana, el significado de la historicidad como
virtualidad, adquiere todo su sentido.
“Cuestionar nuestra voluntad de verdad; devolver su
carácter de evento al discurso; remover, por último, la soberanía del
significado”. Cuando Foucault anuncia este programa en su “Lectura
Inaugural”, él también se halla en el límite de la crítica de la
historiografía y del Geisteswissenschaften en general; él también
expresa la apertura en la virtualidad de la historia, que fue
constituida como conocimiento filosófico entre Dilthey y Heidegger. Y
Foucault, tal como Dilthey, pasó por algunas fases extremadamente
ambiguas en el curso de su experiencia científica. Desde sus estudios
iniciales de Ludwig Binswanger hasta los de Weizäcker, y luego los de la
“antropología pragmática” de Kant, Foucault siguió, y agotó, todos los
intentos de reafirmación del Uno mismo (en oposición a la objetividad
histórica) como persona moral, psicológica o biológica. Cuando, en sus
trabajo maduros, finalmente y definitivamente confrontó el tema de la
historicidad como disposición el marco queda ya armado – la historia es
producción de subjetividad, cuidado de ser a ser, y una expresión
ontológica inmediata. Igual que en Dilthey, pero más que en Dilthey, las
experimentaciones psicologizantes, culturales, vitalistas de la
comprensión de lo histórico real y transfigurado en un nuevo punto de
vista: el de la presencia del mundo como la trama del ser, que debe
atravesarse, que es creado en todo momento. Al igual que en Dilthey, el
pasaje es hecho en Foucault desde una teoría de la historia a una
apercepción fundamental de la historicidad – después de Heidegger, esto
es, después de que una conciencia de esto fuera establecida por la
perspectiva Nietzscheana. Es en este camino, a través de estos sucesivos
avances con problemas análogos y discursos ocultos, que Dilthey es, por
decirlo así, elevado nuevamente y ubicado en el verdadero lugar de la
invención de la historicidad, donde la acción histórica se torna la
única perspectiva según la cual puede interpretarse al ser. El fin del
Geisteswissenschaften es la renovación de la ontología.
Este grandioso proyecto aún no ha tenido todo el éxito
en la historia del pensamiento contemporáneo. Somos testigos de un
extraño fenómeno: este Geisteswissenschaften, que ciertamente no puede
haber sobrevivido al prolongado proceso crítico que va de Nietzsche a
Heidegger y de Dilthey a Foucault, no ha dejado atrás ningún cadáver. De
hecho, la renovación crítica de la investigación sobre la historicidad
desde un punto de vista constitutivo y el descubrimiento del poder del
ser han sido, por así decirlo, neutralizados dentro de nuevas
disciplinas, nuevas distribuciones del conocimiento, nuevos conceptos de
experiencia y un nuevo clima filosófico que se ha tornado
crecientemente relativista y escéptico. Un tenue y superficial vitalismo
bloquea a aquel otro vitalismo, turgente pero siempre trágico, que iba
de la historiografía al ser, para abrirse nuevamente en la historicidad.
Una vez que el objetivamente “castrado” punto de vista historiográfico
fue derribado, una vez que el Hegelianismo fue abandonado con todas sus
entusiastas resurgencias de brutal eficacia y sus dialécticas en todos
sus subterfugios, una vez que esta visión “desde abajo” fue adquirida,
permitiendo al sujeto histórico determinar disposiciones ontológicas,
pues bien, esta perspectiva fue devuelta hacia atrás, a las dimensiones y
el horizonte del relativismo y el escepticismo. Las diferentes escuelas
hermenéuticas que se han sucedido, reclamando precisamente ser las
herederas del pensamiento Diltheyano y Foucaltiano, nos han llevado a
las delicias del “pensamiento débil”. El significado de la complejidad
de los procesos que emanan de los sujetos históricos se ha vuelto un
pretexto para repudiar el carácter ontológicamente fuerte de su
emergencia. El movimiento de constitución, negado totalmente fue, por
esa misma razón, reducido a la precariedad, y las singularidades,
reducidas al encanto de la mera particularidad. Desde el fin del
historicismo, pasamos así, imperceptible pero seguramente, al “fin de la
historia”. Es la misma objetividad “castrada”, contra la cual se
alzaron las críticas del Geisteswissenschaften, la que ahora reaparece:
el historicismo es otra vez el ganador, pero con la apariencia de una
enciclopedia del conocimiento para uso de los medios. Históricamente el
ser abierto se ha vuelto el ser charlante. El fin del
Geisteswissenschaften se ha transformado a sí mismo en el triunfo del
discurso ocioso.
En esta nueva síntesis de experiencia y comprensión
sobre la que rigen las reglas “postmodernas”, los canales de perversión
de la enseñanza crítica, desde Dilthey a Heidegger, son perfectamente
perceptibles. En el gran Gadamer, como en los pequeños Rorty y Vattimo,
el movimiento circular de la experiencia y el entendimiento ya no se
abre a la historicidad, excepto en el sentido de un condicionamiento
histórico, sustancialmente, de una finitud que, lejos de abrir el punto
de vista subjetivo a la constitutividad, se cierra en una dispersión de
tipo-evento, en una necesidad de sentido que corre alrededor de sí
misma, en una concepción pesimista y totalizante del ser, la que busca
justificarse a sí misma en lo religioso pero sólo halla apoyo en la
falta de misticismo o de democracia. Uno exalta en Dilyhey el movimiento
circular de la experiencia y el entendimiento sin tomar la ruptura en
la expresión de esa circularidad; uno toma de Heidegger la crítica de lo
empírico, de lo óntico, mientras cuidadosamente evita su percepción de
la potencial base del ser que, solo, ya en la reasunción de Yorck y la
polémica contra su teologismo, puede permitir la restauración del punto
de vista Diltheyano de expresión y la creatividad de la historicidad.
Esto, mientras que es precisamente con la critica de lo óntico, con las
armas de la apercepción ontológica como base de la crítica histórica,
como al abrirse a la fecundidad de su experiencia, como experiencia de
la historicidad, en donde Heidegger se muestra en su mejor nivel. Es el
Heidegger que concientemente retoma al olvidado Nietzsche, y quien
inconscientemente reproduce el Spinozismo de la imaginación, que es
luego arrojado en la pila de polvo. La Historia ha terminado, los
hermenéuticos y los postmodernos susurran, y la historicidad del ser,
separada de la constitutividad del ser, cambia a una piedad melosa y
melancólica. El descubrimiento de la historicidad se aflige con el
desastroso sentimiento del fin de la historia, y nos deja desarmados,
frente al límite de una época.
II.
En radical contraste con la actual deriva, los Thous y
Plateaus reinventan las ciencias del espíritu (se entiende que, en la
tradición en la que se colocan Deleuze y Guattari, “Geist” es el
cerebro), al renovar el punto de vista de la historicidad, en su
dimensión ontológica y constitutiva. Las Mil Mesetas se apropian de lo
postmoderno y de las teorías de la débil hermenéutica: anticipan una
nueva teoría de expresión, un nuevo punto de vista ontológico – un
instrumento que les permite encargarse de la postmodernidad, revelar y
dinamitar sus estructuras. Encontramos aquí un pensamiento fuerte, aún
cuando sea aplicado a la “debilidad” de lo cotidiano. Para su proyecto,
la cuestión es tomar lo creado desde el punto de vista de la creación.
Este proyecto no tiene nada de idealista: la fuerza creativa es un
rizoma material, al mismo tiempo máquina y espíritu, naturaleza e
individuo, singularidad y multiplicidad – y el escenario es la historia,
desde el año 10.000 A. C. hasta hoy. Lo moderno y lo postmoderno son
rumiados y digeridos, y reaparecen para ayudar a fertilizar una
hermenéutica del futuro. Al releer Mil Mesetas diez años después, lo más
impresionante es la increíble capacidad de anticipación expresada allí.
El desarrollo de la ciencia de las computadoras y la automatización, el
nuevo fenómeno de la sociedad de los medios y la interacción
comunicativa, los nuevos caminos seguidos por las ciencias naturales y
por la tecnología científica en electrónica, en biología, en ecología,
etc., no solamente son considerados sino tomados en cuenta como un
horizonte epistemológico, y no ya como un mero tejido fenomenológico en
extraordinaria aceleración. Pero la superficialidad del contexto en que
la dramaturgia del futuro tiene lugar es de hecho ontológica – una dura e
irreducible superficialidad que es precisamente ontológica y no
trascendental, constitutiva y no sistémica, creativa y no liberal.
Hay por lo menos cuatro temas fundamentales que deseo
tomar en Mil Mesetas. El primero es la teoría de la expresión y la
disposición. El segundo es la teoría de las “redes”. El tercero es
“nomadología”. El cuarto es la teoría ontológica de la superficie.
Cuatro puntos, cuatro dimensiones que integran el trabajo de
constitución de las nuevas ciencias del espíritu, al definir el plano en
el que pueden desarrollarse, como productos de una apertura de
posibilidad, o, mejor aún, de la potencialidad del ser:
A- La teoría de la expresión y la disposición es la
primera filosofía de Deleuze y Guattari. La crítica del psicoanálisis en
Anti-Oedipus identifica ese plano de fuerza. La fuerza de la expresión
es ontológica, creativa y estructurada. Esto significa que el punto de
vista de la singularidad es conjugado inmediatamente con una definición
de espacio en extensión, en la imagen Bergsoniana del movimiento
estructurante e inaugural. La singularidad, ya sea individual o
colectiva, y la determinación de la relación del actor con el evento son
puestos en acción. La haecceidad (haecceity), definida por el Deleuze
inicial como el término problemático fundamental de la filosofía, es
originariamente activo y se despliega según las dimensiones del
movimiento, mediante in rayo de luz de deseos o elementos maquínicos. La
fuerza inicial es subjetiva y constructiva, es disposición. Este
término significa; expresión más organización, o, expresión organizada,
fuerza organizada, extensión y movimiento. Es ser y la historia son
concebidos como producción y producto de disposiciones subactivas. El
mundo es construido y reconstruido desde abajo. La historicidad es dada
como presencia. En esa articulación, tanto una definición metafísica de
movimiento, e incluso una buena fenomenología Bergsoniana del espacio,
la liberación del deseo en sentido analítico como potencialidad
universal, abierta y singular, y, por último, una concepción ética de la
singularidad, en aquel sentido Spinoziano que tanto le agrada a
Deleuze, pueden verse converger. El marco general parece inicialmente
animista, hilozoísta, pre-socrático. Pero el vitalismo se encuentra a sí
mismo invertido desde el primer momento en que es afirmado, ya que no
se presenta ni como una envoltura de lo real, ni como una concepción del
mundo, ni tampoco como una fuerza indistinta de la producción de lo
real, ya sea natural o histórico, sino como todos estos elementos al
mismo tiempo, puestos al servicio de la producción de singularidad, de
la emergencia de la singularidad. Las contradicciones que restan, dentro
de las sin embargo convergentes investigaciones de Dilthey, Nietzsche y
Heidegger, se disuelven aquí. Si el ser es historicidad, la ontología
puede ser devuelta a la instancia de la producción, a aquel momento de
la expresión originaria. Desde allí, expresión y producción se abren a
la materialidad de lo moderno. La relación entre hombre y máquina que
caracteriza a la modernidad se torna contenido y forma de la disposición
subjetiva. Las máquinas, la realidad construida por el capitalismo, no
son fantasmas de la modernidad tras los cuales la vida puede correr
desprejuiciadamente – son, por el contrario, las formas concretas según
las cuales la vida se organiza a sí misma, el mundo se transforma a sí
mismo, y las conexiones materiales dentro de las cuales se produce la
subjetividad. Ordo et connexio rerum idem est ac ordo et connexio idearum.
Sin embargo, la relación entre hombre y máquina es siempre un evento
singular, o sea, un evento que, aferrando la materialidad, produce
subjetividad. La construcción del ser como tarea universal se encuentra
de este modo considerada sobre la base de todo el proceso, o, si se
quiere, como procediendo tanto de eventos como de singularidades. El
evento es la producción de cuerpos, la producción histórica del juego
[ensemble] de cuerpos y sus relaciones. La cosmogonía atomística de
Spinoza es reinterpretada y reformulada aquí a la luz de este vitalismo
de la historicidad que nos han enseñado los grandes modernos.
La producción de cuerpos es la reducción de la
historicidad; la historicidad es la producción de cuerpos. En una página
de Mil Mesetas hallamos esta pregunta fundamental: “Después de todo,
¿el gran libro sobre el cuerpo sin órganos (CsO) no puede ser la Ética?”
Se explica que el CsO es el campo de la absolución del deseo, el plano
de consistencia adecuado a la historicidad. La matriz del mundo es cero
mientras no se aferra el proceso de constitución de subjetividad, y no
se sigue la infinita tensión de la constitución.
B- Uno puede seguir el ritmo de constitución por un
segundo enfoque, que es el de la teoría de las “redes”. Tras haber
establecido la instancia de la producción en la fuerza del deseo y sus
procesos maquínicos, Deleuze-Guattari se desplazaron hacia el análisis
de la extensión [etendue], de su expansión [extensión] en acción y
movimiento. Lo que caracteriza al espacio es el rizoma. El rizoma es una
fuerza, un filum que se abre a un horizonte de desarbolante
arborescencia – y, en este proceso, la singularidad se singulariza a sí
misma cada vez más. Al mismo tiempo, en la riqueza de esta producción de
singularidades, el contexto de la vida se presenta en un juego de
interrelaciones-unidad y multiplicidad, conexiones y heterogeneidad,
ruptura y líneas de fuga son siempre invertidas según una cartografía
renovada incesantemente, formando siempre nuevos sistemas, no
auto-centrados sino en expansión. Es a partir de allí que las ciencias
del espíritu pueden reorganizarse a sí mismas, o sea, cuando las
tensiones rizomáticas y las disposiciones maquínicas aparecen como
arreglos subjetivos de enunciación – las dinámicas constitutivas se
desplazan desde la física del rizoma al régimen de los signos que
caracteriza a la ciencia. La superficie del mundo es organizada según
regímenes de signos, sin dispersar la consistencia maquínica sino, al
contrario, renovándola en su enunciación. Por lo tanto existe una red de
las ciencias del espíritu: allí, lo rizomático se retrotrae al
esquizo-análisis, y éste al estrato-análisis, y luego a lo pragmático y
la micro-política. Ya hemos analizado la relación entre esquizo-análisis
y rizomático en la parte A de esta sección; la cuestión es ahora
estudiar su relación con los otros puntos. Primeramente, en lo
concerniente al estrato-análisis: la ciencia se establece en el
horizonte sistémico construido por la arborescencia del rizoma, y
descubre su conflictualidad. Si el propio sistema constituye una
arborescencia, el conflicto saldrá de la orientación de sus ramas: un
conflicto que no podrá superarse, simplificarse, o reducirse dentro del
sistema, sino que se repite continuamente a sí mismo, como la regla de
la auto-constitución de redes reales. La perspectiva de la historicidad
es no sólo constitutiva sino también conflictiva: como en Spinoza, es la
guerra que genera vida. Las redes constituyen ambiguas aberturas y
disposiciones: se abren, cierran y abren nuevamente, mientras determinan
conflictos. Cada punto de la arborescencia maquínica o enunciativa es
reabierto secuencialmente en otras arborescencias, otras redes, tanto
por arriba como por debajo, de acuerdo con modalidades conflictivas.
Estamos entonces completamente insertados y sumergidos en un juego de
sistemas productores de signos que se hallan en mutación permanente: he
allí el objeto que concierne a las ciencias del espíritu. La propia
dimensión epistemológica debe ser hallada en un horizonte de guerra. La
segmentación de los rasgos (expresivos) de enunciación es continua. Es
la llegada de lo real y de la ciencia, es el resultado de todos estos
procesos. La llegada es el innovador resultado en el magma de la
expresión, es, en algún sentido, la solución de la guerra, y por eso, la
reapertura de escenas conflictivas. Lo rizomático se refiere a un mundo
Hobbesiano- en el cual, sin embargo, no hay individuos propietarios
sino (en sentido Spinozista) singularidades deseantes productivas,
individuales o colectivas, que son las protagonistas. Las ciencias del
espíritu son por ello ciencias polemológicas, análisis de las redes de
protagonistas que participan del conflicto y se constituyen allí a sí
mismos – aceptan, sin reservas, el terreno del cuestionamiento
Nietzscheano.
C- El pragmatismo y la micropolítica se constituyen en
la nomadología. Esto significa que el horizonte de la guerra está
limitado por poderes pragmáticos. El mundo histórico, constituido por
geología en acción, es diseñado desde una genealogía de moral, en el
sentido literal del término, incansable e incesante. Producidas por
arborescencias conflictivas, las subjetividades son nómades, es decir,
son libres y dinámicas. Como sabemos, las subjetividades se organizan
mediante disposiciones maquínicas – como máquinas de guerra. Las
máquinas de guerra representan la trama molecular del universo humano.
La ética, la política y las ciencias del espíritu se vuelve una y la
misma cosa aquí: máquinas de guerra interpretan su proyecto, constituyen
el mundo humano al afectar la discriminación entre deseo y anti-deseo,
entre libertad y necesidad. Y estos son otra vez rizomas y
arborescencias – pero dotados de significado. Es la elección en la
guerra la que determina el significado de la historicidad. ¿Pero qué es
significado, en este horizonte completamente inmanente, en este
escenario absolutamente no-teleológico? Es la expresión del deseo, la
enunciación y organización del deseo como evento, como discriminación
vis a vis cualquier trascendencia, como hostilidad frente a cualquier
bloqueo del devenir. Políticamente, la máquina de guerra se define a sí
misma como positividad, porque se posiciona contra el Estado.
Deleuze-Guattari reinventaron las ciencias del espíritu al atacar los
últimos vestigios de historicismo, de Hegelianismo y su concepción de un
espíritu objetivo denegándose a sí mismo en el Estado. Frente al
Estado, y frente en particular al Estado del capitalismo maduro, el
orden molecular organiza espontáneamente un aparato molar , se torna
necesariamente en un contra-poder: sociedad contra el Estado, o mejor
aún, el conjunto de subjetividades deseantes y sus infinitas
arborescencias, en el ritmo nomádico de sus apariciones, contra
cualquier máquina fija, centralizadora y castradora. En realidad, es
sólo desde un punto de vista pragmático que podemos aprehender y
apreciar la subjetividad y el significado de la historicidad. El punto
de vista que sostiene la nomadología es una genuina “filosofía de la
praxis”. Ser nómade en el orden de la historia fija y producida
significa producir permanentemente estas disposiciones maquínicas y
disposiciones de enunciación, que se abren en nuevas arborescencias
rizomáticas, y que, pura y simplemente, constituyen lo real. Es así como
la política se vuelve una puesta en marcha de micro-disposiciones, una
construcción de redes moleculares, que permiten al deseo desplegarse y,
mediante un movimiento permanente, volverse el objeto del pragmatismo.
El pragmatismo en las micro-políticas, y de las micro-políticas, es el
único punto de vista operativo de la historicidad: pragmatismo como
praxis del deseo, micro-políticas como terreno de la subjetividad,
incesantemente recorrida y para ser recorrida indefinidamente. Esta
alternancia de puntos de vista y esta convergencia de determinaciones
constructivas no descansan nunca. El objetivo del orden molar es
absorber la fuerza del deseo y rehacer los aparatos con el único fin de
bloquear el flujo pragmático de lo molecular: lo molar es, por
definición, el obstáculo ontológico de lo molecular. Por otro lado, el
flujo molecular es elusivo, busca perpetuamente molestar a los aparatos
de bloqueo y abrir el camino a la historicidad. ¿Pero qué es la
revolución? Es hacer un evento por fuera de este proceso infinito. La
línea política de Mil Mesetas es la que lleva a los aparatos moleculares
de los deseos a resistir al orden molar, a evitarlo, a circunnavegarlo,
a huirle. Una línea de fuga, organizada por la creatividad del deseo,
por el infinito movimiento molecular de los sujetos, por un pragmatismo
reinventado a cada instante. La revolución es el evento ontológico de
rechazo y la actualización de su infinita potencialidad.
D- Desde este conjunto de consideraciones que originan
una visión constitutiva del mundo, en la que cualquier subjetividad y
evento tienen a la genealogía como su trama, podemos ahora retroceder y
volver a examinar el marco ontológico general que nos ofrece Mil
Mesetas. Mil planos de una misma superficie. Una superficie plena de
hendiduras, rupturas, complicaciones y reconstrucciones: un territorio
permanentemente limitado y plegado. Sólo una dirección, sólo una
teleología: la creciente abstracción de las relaciones, que es propia de
la complejidad de las arborescencias, el desarrollo de rizomas y la
expansión de los conflictos. Una abstracción que es ella misma un
territorio, un nuevo territorio, nuevamente cubierto de pliegues,
sombras variadas y posibles alternativas. El poder del deseo se
construye en la superficie de un territorio, y la transformación se
repite indefinidamente. Este nuevo territorio es siempre productivo,
infinitamente productivo. Es por esta razón que el mundo es un
territorio que debe ser siempre territorializado, ocupado, reconstruido,
habitado; una tensión que sólo puede satisfacer la intensidad de una
acción creativa múltiple. En esta visión, la relación entre máquina y
enunciación, entre ciencia y ontología, es global. La ciencia es
constitutiva en tanto, para construirse, se proyecte siendo vivida. La
ciencia construye planos de consistencia ontológica cada vez que el
juego de funciones de enunciación se vuelve el objeto del pragmatismo, o
se realice nuevamente en el evento; en una determinación. También la
subjetividad se presenta en la superficie, como pliegue de la
superficie. Pero conocemos qué presupone la luminosidad de ese fuerte
evento, la producción de subjetividad: la disposición maquínica
atravesando el conflicto, la enunciación del proyecto, la expresión del
deseo, la realización del infinito en el evento. Aquí se está
describiendo un nuevo mundo. Si cada filosofía asume y determina su
propia fenomenología, una nueva fenomenología es enérgicamente afirmada
aquí. Está caracterizada por el proceso que devuelve al mundo a la
producción, producción de subjetividad, subjetividad al poder de deseo,
el poder del deseo al sistema de enunciación, la enunciación a la
expresión. Y viceversa. Es por dentro de la línea dibujada por el
“viceversa”, es decir, yendo de la expresión subjetiva hacia la
superficie del mundo, hacia la historicidad en acto, donde el sentido
del proceso es revelado (o, de nuevo, la única teleología que la
inmanencia absoluta puede permitirse): el significado del proceso es el
de la abstracción. El sujeto que produce el mundo, en la prolongada
horizontalidad de sus proyecciones, crecientemente cumple su obra. A
primera vista, el horizonte del mundo construido por Deleuze-Guattari
parece ser animista, pero pronto se evidencia que este animismo traduce
la más alta abstracción. El incesante proceso de las disposiciones
maquínicas y subjetividades elevándose a una abstracción aún mayor. En
este mundo de cavernas, de pliegues, de rupturas y reconstrucciones, el
cerebro humano intenta por sobre todo comprender su propia
transformación, su propio desplazamiento, más allá de la conflictividad,
donde reina la más elevada abstracción. Pero esta abstracción es,
nuevamente, deseo.
III
Mil Mesetas asienta el terreno en el que el
materialismo del siglo veintiuno es redefinido. ¿Qué es la filosofía? ,
el ensayo pedagógico publicado por Deleuze-Guattari en 1991, como
apéndice a Mil Mesetas nos ilustra sobre este tema. Esta sinergia de
análisis sobre la ciencia, la filosofía y el arte, incansablemente
desplegada en Mil Mesetas, con una merecida exhuberancia en el tema
ontológico tratado, se vuelve aquí una ilustración pedagógica, una
popularización de los mecanismos conceptuales que están en la base del
proceso expositivo de Mil Mesetas. En este ensayo popular, las funciones
metodológicas, teóricas y prácticas son circunscriptas con la máxima
claridad. Creemos que es posible identificar aquí (En Mil Mesetas se ve
mediante el ensayo pedagógico) los elementos fundamentales de la
renovación del materialismo histórico, en función de las nuevas
dimensiones del desarrollo capitalista, específicamente este plano de
máxima abstracción (la “subsunción real” de la sociedad en el capital)
al cual se dirige, y en el cual se reformulan hoy las luchas sociales.
Esto sin olvidar que en la filosofía de las ciencias del espíritu de
Deleuze y Guattari, así como en el materialismo histórico, uno halla la
misma demanda ética y política por la liberación del poder humano. ¿Cuál
es, entonces, el contexto productivo en el que nos estamos moviendo, y
desde donde el materialismo histórico puede y debe ser renovado, como
base de las ciencias del espíritu?
Mil Mesetas da una respuesta explícita a esta
pregunta. A través de la extensión y complejidad de los análisis que
desarrolla, esboza el verdadero plano que Marx identificó
tendenciosamente en el “Fragmento de las Máquinas” de los Grundrisse, al
que definió como la sociedad del “General Intellect” Es este un plano
en el cual la interacción de hombre y máquina, sociedad y capital, se ha
vuelto tan estrecha que la explotación del trabajo material, asalariado
y cuantificable temporalmente, se torna obsoleta, incapaz de determinar
una valorización, una base miserable de explotación frente a la nuevas
fuerzas sociales, intelectuales y científicas sobre las que de ahora en
adelante descansa exclusivamente la producción de riqueza y la
reproducción de la sociedad. Mil Mesetas registra el cumplimiento de la
tendencia analizada por Marx, y desarrolla el materialismo histórico
dentro de esta nueva sociedad. Por lo tanto, intenta la construcción de
ese nuevo sujeto que revela el poder del trabajo, tanto social como
intelectual y científico. Un sujeto-máquina, que también es un sujeto
ético; un sujeto intelectual, que también es un cuerpo; un sujeto
deseante, que es también fuerza productiva; un sujeto plural y
diseminado, que sin embargo se unifica en el impulso constitutivo del
nuevo ser. Y viceversa, en todas direcciones. Lo fundamental es aquí la
dislocación total de la valorización de la producción, en el pasaje de
la esfera de explotación material directa a aquella de la dominación
política (sobre la interacción social entre el desarrollo de la
subjetividad colectiva y el poder de producción intelectual y
científico). En esta dislocación, la interactividad social queda sujeta a
la contradicción molar de la dominación, también es explotada; pero el
antagonismo es llevado a su máximo nivel: actúa mediante una implicancia
paradójica del sujeto explotado. Confrontando al análisis Foucaldiano
del poder, Deleuze enfatiza el pasaje de la “sociedad disciplinaria” a
la “sociedad de control”, forma característica de la forma-Estado
contemporánea. Hoy, en este contexto, que es al que se refiere Mil
Mesetas, la dominación, aún cuando permanezca en modo permanente, es tan
abstracta como parasitaria y vacía. Llevado a su más alto grado, el
antagonismo se ha vaciado a sí mismo, el “comandante social” se ha
vuelto inútil. Por ello, el control sobre la sociedad productiva es una
mistificación desde el principio: ya ni siquiera posee la dignidad que
la función de organización requería, la que en algún sentido era
co-natural con la figura del explotador, en la sociedad disciplinaria y
la forma-Estado. Si esta es la situación, el trabajo productivo del
nuevo sujeto social es revolucionario desde el principio, siempre
liberador e innovador. Es sobre esta base que el materialismo histórico
se encuentra renovado, implícitamente en la fenomenología de Mil
Mesetas, explícitamente en la metodología elaborada en ¿Qué es la
filosofía?
Antes que nada, el materialismo histórico es una
ciencia. El texto no cuenta que la actividad científica está
desarrollada por “observadores parciales” quienes ensamblan “funciones”
en “planos de referencia”. ¿Puede el materialismo histórico ser otra
cosa más que lo que promueve el “punto de vista proletario” y hace la
crítica de las contradicciones en el plano de referencia? ¿Algo más que
el desplazamiento de un sujeto parcial dentro de una tendencia que
traslada materialmente una grilla de lectura de lo real? ¿Y en el caso
paradigmático, el desarrollo capitalista como referente global del
conjunto de contradicciones que determina en movimiento del trabajo
abstracto? El plano de referencia es nuevamente el mundo de la
subsunción real, de la completa sumisión de la sociedad al capital. El
trabajo es el rizoma que produce lo real, que es el pasaje del orden
molecular al orden molar, en el curso del desarrollo,
que-irresistiblemente- pasa por la guerra y quien en la guerra define la
liberación. El plano de referencia es el Umwelt del trabajo social y
sus contradicciones.
El lugar de la filosofía es allí, en tanto ella es
pragmática, ética, política. El “observador parcial” de la ciencia se
vuelve aquí el “carácter conceptual” de la filosofía. ¿Puede este
carácter conceptual ser algo distinto de la nueva figura del
proletariado, el “General Intellect” como subversión – o sea, una nueva
figura del proletariado, que está toda reunificada como poder social e
intelectual de producción, debido a que es difuso en el espacio (una
“multitud” Spinoziana, en el sentido literal del término)? La filosofía
de Deleuze-Guattari imita a la nueva realidad del proletariado moderno, y
busca las figuras de su necesaria subversión. Por un lado, entonces, el
carácter conceptual duplica lo real, lo hace aparecer en su dinamismo
conflictivo, y completando sus movimientos tendenciosos. Por otro lado,
presentándose a sí mismo como deseo, como producción Utópica indomable,
el carácter conceptual proletario efectúa una despiadada y permanente
ruptura con todas las referencias materiales a las que está sujeto. El
“plano de inmanencia” que construye la filosofía es un proyecto
insurreccional permanente, efectuado mediante una revisión absoluta de
lo real, por la inoportunidad radical del contacto entre el orden
molecular y el orden molar, por la actual inactualidad de la
resistencia. El Arte (porque también hay un arte del pensamiento
revolucionario) colabora en esta dinámica de transformación y subversión
del concepto, de un modo esencial: componiendo los diferentes plano del
imaginario, y refiriéndolos siempre a la urgencia de la praxis.
El esquema didáctico de ¿Qué es la filosofía? Trae a
la luz los hilos fenomenológicos construidos en la Dionisíaca Mil
Mesetas, ¡y lo hace espléndidamente! Lo que quiero decir es que la
ecuación de las dos obras no es una identificación, como si la última
fuese sólo un capítulo de la primera. Por el contrario, la cuestión es
aquí descubrir sus diferencias, las que se acreditan a Mil Mesetas. A
Mil Mesetas (a pesar de la reducción funcional que he hecho en mi
demostración) no sólo le corresponde una fenomenología
extraordinariamente rica del carácter conceptual del “General Intellect”
– medio máquina, medio sujeto, enteramente máquina y enteramente
sujeto. También constituye un experimento revolucionario. Los años del
deseo y del Erlebnisse de “cambiar la vida” que siguieron a 1968 son
recogido allí, mediante la reexposición de aquellas casuísticas
extraordinarias que sólo los episodios revolucionarios pueden proponer.
Se ha dicho que ningún libro expuso al 1968: ¡eso es falso! Ese libro es
Mil Mesetas.Mil Mesetas es el materialismo histórico en acto de nuestra
época, es el equivalente de Lucha de Clases en Alemania y Francia, de
Marx. Si el texto nunca termina, nunca se contenta con conclusiones
definitivas, es debido (al igual que en el pensamiento equivalente
marxista) a que sacan a la luz a un nuevo sujeto, cuyo mecanismo de
formación no se ha completado aún, pero que ya ha adquirido consistencia
en la pluralidad de micro y macro experimentos que se han cumplido:
experimentos ético-políticos sin duda significativos. Mil Mesetas es el
impulso de un cuerpo colectivo, de mil cuerpos singulares. La política
expresada aquí es la del comunismo de la “multitud” Spinoziana, aquella
de la devastadora movilidad de sujetos en el recientemente constituido
mercado mundial, es aquella de la democracia más radical (la de todos
los sujetos, incluidos los insanos), dirigida como un arma contra el
Estado, ese gran organizador de la explotación de los trabajadores, del
disciplinamiento de los insanos, del control del “General Intellect”.
Mil Mesetas se refiere explícitamente a las luchas sociales difusas y
autónomas de mujeres, jóvenes, trabajadores, homosexuales, marginales,
inmigrantes…dentro de una perspectiva que es la de que todos los muros
han caído. La riqueza del movimiento compone el contexto en que el punto
de vista científico y la construcción definitiva del concepto son
posibles de aquí en adelante. Por esto, el concepto es un evento, y el
sistema de conceptos es la fractura de la geología de la acción a través
de una genealogía de evento-deseo.
Las condiciones de la reconstrucción
(Geisteswissenschaften), dentro de la perspectiva de una teoría de la
expresión y en el contexto de una historicidad que es al mismo tiempo el
movimiento real del ser y el punto incidente del sujeto, están dadas.
Un ejemplo será suficiente: el tratamiento brindado a la historia de la
filosofía en Mil Mesetas y ¿Qué es la filosofía?, y las hipótesis
metodológicas desarrolladas allí. La continuidad historiográfica de la
historia de la filosofía se disuelve aquí junto con su teleología óptica
– la historicidad filosófica es entonces tratada como historicidad tout
court, entendida como una confrontación singular entre el pensamiento y
la problemática actual del ser. La misma historia de la filosofía sólo
puede ser entendida, sólo puede ser reconstruida como evento,
impuntualidad, “inactualidad” presente. La filosofía es siempre un
“scholium” Spinoziano del despliegue de lo real. El esquema de las
ciencias del espíritu será, por lo tanto, siempre horizontal, articulado
en el evento, interdisciplinario, estratificado por las interrelaciones
de sus múltiples elementos. ¿Pero dónde está el pasado, o lo que se ha
producido? En realidad, el rizoma del presente y de la creatividad se
opone a los phylums maquínicos, que son el resultado y residuo del
pasado. Pero la ciencia del espíritu nace allí donde dichos phylums
maquínicos son consumidos en la determinación de una nueva creación, de
un nuevo evento. Las determinaciones materiales, sus acumulaciones, la
opaca profundidad del pasado, constituyen un agujero negro que sólo
revive el trabajo viviente, y que reinventan las nuevas máquinas de la
subjetividad. Si eso no tiene lugar, el pasado está muerto, es incluso
nuestra prisión. Mil Mesetas es la teoría materialista del trabajo
social, entendido como el evento creativo de mil sujetos abriéndose a la
realidad presente, sobre la base de un condicionamiento maquínico que
ese mismo trabajo produce, y que solamente el trabajo viviente y real
puede volver a valorizar.
Si el vitalismo revisado de este modo, la teoría de la
expresión y la inmanencia absoluta son las bases de la reconstrucción
de las ciencias del espíritu, ¿Qué nos previene de desviarnos hacia el
escepticismo o alguna forma de lectura débil del valor, en este
horizonte? Nada más lejos de Mil Mesetas que la tentación de absolutizar
algunos elementos del proceso interno a fin de evitar extravíos
relativistas. Por otra parte, lo que posibilita el renacimiento de las
ciencias del espíritu, y la renovación del poder lógico y ético del
materialismo, es el concepto de superficie, ontología abierta a la
historicidad, tomada como subjetividad presente. Volvamos hacia atrás
por un momento: cuando Heidegger instala la inversión de lo óntico en
ontología, de la historiografía en historicidad, como inevitable, al
mismo tiempo hace lo opuesto: la ruptura lógica, el rechazo del destino,
en el único sentido de lo existente. La operación Heideggeriana es
equivalente a un bloqueo de la vida. Empuja al procedimiento metafísico
hacia un punto de arribo, a un extremo. Heidegger es Job, quien ve a
Dios y queda ciego. En Mil Mesetas, contrariamente, ver a Dios, en
sentido Spinozista, es efectuar otra vez la reversión ontológica de lo
óntico a lo ontológico, en una nueva percepción del ser –del ser abierto
- , no reafirmar a Dios, sino excluirlo definitivamente, no aferrar un
absoluto, sino considerar la construcción de ser omniabsoluto; a partir
del trabajo de la singularidad en acción en el trabajo humano. Como son
rizomáticas y centradas en el presente, las ciencias del hombre pueden
ser reconstruidas: las ciencias y por ende los planes de referencia, la
filosofía y por ende los planes de consistencia, las ciencias del hombre
y por ende la convergencia de estos enfoques, las aproximaciones del
evento, las cargas éticas pasando a través de máquinas ontológicas, las
disposiciones subjetivas que son cada vez más abstractas. No hay otro
modo de considerar al ser, más que serlo, que hacerlo.
Diez años después, podemos aún leer Mil Mesetas como
una perfecta fenomenología operacional del presente; pero debe verse
como la primera filosofía de lo postmoderno. Una filosofía que,
hundiendo sus raíces en la opción materialista, alternativa,
inmanentista de la modernidad, sugiere las bases que pueden permitir a
las ciencias del espíritu ser reconstruidas. Y porque “Geist” es el
cerebro, y el “cerebro” se ha vuelto (como previó Marx, al ritmo de las
crisis de la modernidad capitalista, trascendentalista e idealista)
General Intellect. Mil Mesetas anuncia el renacimiento de un
materialismo histórico digno de nuestra época. Ésta aguarda los eventos
revolucionarios que lo verificarán.
Traducido por Charles T. Wolfe. Una versión previa de
este ensayo apareció en Chimeres 17 (París, otoño de 1992). Publicada en
Graduate Faculty Philosophy Journal, Volume 18, Number 2, 1995, en
homenaje al difunto Feliz Guattari. Hacheada de esta impresión y
publicada por Korotonomedya en mayo del 2002.
Traducción al español: Eduardo Sadier
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