“Caminar incesante, incansable. Caminar
como un hombre que carga con unas maletas invisibles, caminas como un
hombre que sigue su sombra. Caminar de ciego, de sonámbulo, avanzas con
paso mecánico, interminablemente, hasta olvidar que caminas”.
Geroges Perec.
Un hombre que duerme.
Las calles de París están formadas por
extraños recorridos interiores. Extraños recorridos que Sophie Calle
(París, 1953) intenta descubrir. Mira las palmas de su mano, las líneas
sinuosas que se cruzan y se deshacen en el filo de sus dedos. Podrían
ser mapas criptográficos, rutas secretas que anidan en cada uno de
nosotros. Sophie lleva días paseando por la ciudad, dejándose mecer por
las decenas de personas que cada día atraviesan su cuerpo. La artista no
es como los demás transeúntes, su sombra destaca por encima de las
demás sombras, con una especial luminosidad que la separa de lo grisáceo
e incorpóreo.
//DERIVAS//
Camina sin mucho sentido, deambula por
la Rue Sant Honoré, por la Rue Daguerre. Lo apunta todo en su diario, al
que acompaña con una cámara de fotografía, una suerte de prótesis que
cuelga sobre su pecho y se balancea al son de sus pasos. Lo tiene claro:
ha decido ser fotógrafa. Sin embargo, ha tenido que pasar un largo
tiempo antes de que se decidiese por su verdadera vocación. Atrás queda
una larga trayectoria de militancia política en diversas causas que, en
los días de 1979, son ya causas perdidas. Fueron varios los años que
vivió viajando y recorriendo un sin fin de países, en busca de ideales y
amores marchitos.
//LO TENGO CLARO, HAN TENIDO QUE PASAR MUCHAS COSAS PARA TOMAR UNA "VERDADERA DECISIÓN"
El acto de arrojarse a las calles de
París supone una aventura. Es la interiorización de la incertidumbre
como motor de acción, el regusto de la no premeditación. La certeza de
no saber hacia dónde te dirigirán los pasos de los otros. Asumir la
alteridad como tuya, hacer del desconocido un aliado, con el insaciable
anhelo de conseguir rastrear la sombra del otro, una sombra residual,
sobrante, restos de existencialidad perdida .
Atardece en París, pero Sophie alarga su
rutina diaria; la de seguir a desconocidos hasta que los pierde de
vista o se interesa por un nuevo sujeto. Los rostros que persigue no
tienen nombre, ni historia. No hablan, solo gesticulan y se mueven con
la fluctuación de la masa parisina. Ella es consciente de eso. Ese es,
precisamente, uno de los motivos por los que muestra interés hacia
personas sin pasado ni fututo. Sólo la terrible eternidad de seguirlos
durante un corto lapso de tiempo. Para ella se convierte en un placer
absoluto. La no sabiduría, la total ignorancia de las motivaciones de
las personas que persigue. No hay posibles decepciones. No hay
esperanza, pero sí un recóndito y gustoso placer de observar, de mirar
las vidas de los demás desde el anonimato más sibilino posible.
//DE VER QUE PASARÁ //
Una flâneuse contemporánea
La actividad
observadora, la persecución de desconocidos, la práctica del andar sin
rumbo… son acciones que convierten a Sophie Calle en una nueva tipología
de
flâneur. Es acaso una
flaneuse contemporánea que
ha mutado en un(a) detective, en una buscadora de almas sin nombre.
Calle se configura como una paseante cualquiera, un
quídam que vaga a merced del azar, como ya hiciesen los situacionistas y los letristas guiados por Guy Debord[1]. Como ha señalado Cecile Camart
[2], que tuvo acceso a los diarios
personales
de la artista, éstos indican
una predilección por la invención de mapas
realizados en base a los recorridos irregulares de sus perseguidos.
Mapas que bien podría relacionarse con los que hiciera el propio Guy
Debord sobre la ciudad de París o el de la
New Babylon de Constant.
La mirada del paseante, del observador materializado en
flâneur, no es pasiva, no es la de un mirón compulsivo, ávido de satisfacción erótica. Se trata por el contrario, de la figura del
flâneur como agente activo, como productor. Así lo describe David Frisby:
“el flâneur
como observador no puede ser reducido al espectador pasivo, al mero
ocioso o al mirón. Lejos de ello, la actividad de la observación
vigilante en la metrópoli moderna es un método multifacético para
aprehender y leer los complejos e innumerables significantes del
laberinto de la modernidad”
[3].
//EL PROYECTO (DE FUTURO) //
La
flânerie de Sophie obtiene una doble elaboración; por un lado
, las imágenes que va tomando con su cámara[4], y por otro, anotaciones en sus diarios, hojas de seguimiento que se convierten en narraciones de sus obras.
La figura del
flâneur no ha se
ha agotado con el nuevo siglo.
El tejido urbano actual deja lugar a
continuas revisiones y todavía se vislumbran vestigios de actividades
flaneurísticas en la sociedad contemporánea. La ciudad se erige como el
espacio escénico donde confluyen una versatilidad y mutabilidad
necesarias para los movimientos, flujos e interconexiones que favorecen
la viabilidad de los transeúntes. Ellos son, en último lugar, los
protagonistas de un nuevo modelo de ciudad basado en una constate
movilidad y tránsito, y que tienen su mayor referente en una antecesora
figura del
flâneur. En este sentido, como ha señalado Martí
Perán,
hay una relación entre el transeúnte y el nómada: “la vida del
nómada es intermezzo. Incluso los elementos de su hábitat están
concebidos en función del trayecto que constantemente los moviliza.”[5]
Se puede establecer, por tanto, una
progresión semántica que respondería a una linealidad cronológica basada
en las diferentes “estados” del flâneur: el nómada y el transeúnte.
Para una reconstrucción histórica del
flâneur
es necesario mirar al pasado y situarse a mediados del siglo XIX.
Baudelaire recorre los pasajes parisinos. Se inmiscuye en conversaciones
ajenas. Observa los quehaceres diarios de las jóvenes féminas
decimonónicas. Pasea sin quietud, y escribe. El poeta ha encontrado en
la ciudad pre Haussmann el modelo idílico para sus paseos y dilaciones.
Sus devaneos visuales lo convierten en un
observador urbano, como si
fuera un etnógrafo contemporáneo. “Salir cuando nada le obliga y seguir
su inspiración como si solo el hecho de torcer a derecha o a izquierda
constituyera ya un acto esencialmente poético”
[6].
//MI OBSERVACIÓN NO ES URBANA, MI MAPA NO MUESTRA CALLES//
Como bien es sabido, se debe a Walter
Benjamin un estudio y análisis más detallado sobre Baudelaire y su
correlato en la figura del
flâneur. Dan buena cuenta de ello escritos como
El libro de los Pasajes o
Iluminaciones,
donde investiga otra serie de figuras claves de la Modernidad, como el
bohemio, la prostituta, el detective, el artista o el coleccionista.
Añade, además, una perspectiva sociológica que arroja luz sobre ciertos
aspectos poco estudiados hasta el momento
[7]. El propio Benjamin bien pudiera representar la figura de
flâneur
—a pesar de que en sus escritos reitera su muerte con la aparición de
los grandes almacenes y bulevares entre otros motivos—. Él es el
paradigma de una
reinterpretación de la flanerie en el siglo
XX: el ejemplo lo encontramos en su fragmentario método de trabajo, su
ociosidad dispar y sus continuos coqueteos con una literatura que ha
sido etiquetada como “flanerística”[8].
Como hemos señalado anteriormente, es, además, el encargado de añadir
la
labor productora del flâneur, separándolo radicalmente del
badaud o mirón,
y de relacionarlo con el detective[9], algo indispensable para el análisis del presente trabajo, que se propone situar a la artista Sophie Calle como una nueva
flaneuse- detective actual.
Existen otros acercamientos hacia el
flâneur, tal es
el caso de Susan Buck-Morss, que ofrece una nueva visión del flâneur, asociándola a connotaciones políticas[10].
Por otro lado, la flanerie se reafirma en
el contexto urbano: son transeúntes, paseantes cualesquiera sujetos a
una continua lectura urbana, a una búsqueda insaciable de signos, de
detalles infraleves y recónditos. Una semiología urbana, que ha llevado a
Benjamin a comparar la ciudad con un bosque, donde lo esencial es saber
perderse, o, en sentido semejante, a Adorno a identificarla como coto
de caza. Aquí el transeúnte es un cazador en busca de una lectura de las
huellas que esconde la ciudad
[11].
Esa lectura de la ciudad ofrece para Roland Barthes una dimensión erótica. En
La aventura semiológica,
da cabida a una exegesis de los símbolos urbanos que asocia a una
voluntad erótica-social: “La ciudad, esencial y semánticamente, es el
lugar de encuentro con el otro”. Un encuentro que bien podría darse
mediante el juego de la seducción.
[12]
La perspectiva del paseante, que no es más que la viva encarnación del flâneur decimonónico, ha tenido una amplia difusión en la literatura más variopinta. Desde Rousseau y sus Meditaciones de un paseante solitario,
que representa ese eslabón perdido que uniría al hombre con la
naturaleza, hasta Allan Poe y las reflexiones en torno a la multitud.
Otros ejemplos los encontraríamos en Robert Walser, Kafka y, en último
término, Virgina Wolf, autora que destaca especialmente por sus
minuciosas descripciones urbanas y por suscitar una problemática de
género vital para el análisis de una fémina flâneur.
No se pueden pasar por alto ciertas
implicaciones susceptibles de ser aplicadas a esta perspectiva, pues la
tipología de mujer flâneur o flâneuse no se ha podido manifestar hasta
bien entrado el siglo XX
[13]
Aún habiendo superado muchas de las fronteras en pro de la igualdad de
género, siguen existiendo espacios urbanos propiamente femeninos y se
sigue asociando a la mujer que de la calle con la profesión de meretriz.
En este sentido, Sophie Calle se nos presenta como una flâneuse, que ha
adoptado el rol masculino en sus aventuras alrededor de las calles
parisinas.
En cierta manera, Calle bien podría ser Cléo, la protagonista femenina de la película
Cléo de 5 a 7,
dirigida por la realizadora francesa Agnès Vardá. En la película vemos
cómo Cléo sufre una transformación desde un objeto pasivo admirado por
hombres en sus paseos exhibicionistas —paseos que son realizados
únicamente para satisfacer la necesidad compulsiva de la compra— hacia
un papel activo que tiene su mayor mutación en una flâneuse que se funde
con la masa y participa de ella, interiorizando así una identidad que
hasta ahora la protagonista no había experimentado
[14].
Nuestra artista, como Cléo en su
metamorfosis, participa y es un agente activo en la recuperación de la
flanerie como actividad ontológica. Para ello requiere identificarse con
ciertos rasgos que vemos tipificados en la figura del flâneur.
El anonimato y la posición ventajosa del que ve sin ser visto, el que
controla desde la distancia y el escondite. Acciones que requieren una
discreción, un atuendo específico —que no llame la atención para pasar
desapercibido—, y un perfecto dominio de la observación por encima de
otras cualidades. Rasgos que son primordialmente asociados a roles
masculinos y profesiones relacionadas como son detectives, periodistas o
espías.
Existen otros artistas que han practicado la flanerie en sus obras. Tal es el caso de Vito Acconci en
Following Pieces[15],
donde persigue a desconocidos hasta que se adentraban en espacios
privados, o el de de Christian Boltanski. Boltanski, junto con otros
artistas franceses, practicaron la deriva también en la capital gala.
Sus
“promenades” poseían fines artísticos y se relacionaban con la psicogeografía debordiana
[16].
Estas acciones eran organizadas en grupo, y no en solitario como solía
hacer Calle, aunque en ambos componentes resida una estrategia basada en
el azar y la casualidad. Como observa Giandomenico Amendola en su
análisis de la metrópolis posmoderna, “la ciudad no se constituye sólo
por el espacio de la función, de la previsión y de la causalidad, sino
también por aquél de la casualidad, del azar y la indeterminación. En el
paseo se revela la posibilidad de explorar la ciudad en numerosas
direcciones, encontrando cada vez nuevos significados, épocas, símbolos,
proyectos colectivos y personales”
[17]
La mirada curiosa: lo (in) visible en Sophie Calle
Sophie Calle persigue los rastros, las
huellas que simbolizan la instantaneidad perdida, el residuo espontáneo
de lo que se fue. Trazas que forman pistas de un rompecabezas que
intenta recomponer en las persecuciones que realizó a su vuelta a París.
Con
Suite vénitienne (1980),
su opera prima, se produce un punto de inflexión
[18].
Esta obra surge fruto de la casualidad, ya que, en una inauguración, le
fue presentado un hombre que curiosamente había estado persiguiendo por
la mañana y al que había perdido la pista. Este hombre, al que bautiza
como Henry B, comenta sus planes de irse al día siguiente a Venecia.
Sophie Calle, de la misma manera que hacía poco tiempo había decido ser
fotógrafa, decide, sin motivo aparente, seguirlo hasta la ciudad
italiana.
Las
razones que la llevaron a perseguir a Henry B hasta Venecia no están
dominadas por la lógica. Responden a un planteamiento basado en el
instinto sin tener un porqué determinado. Esta premisa tiene que ser
condición
sine qua non para que la acción sea efectiva. Es el “no argumento” precisamente el que, según Jean Baudrillard, arguye esta obra
[19].
Un profundo deseo de satisfacción interior, de curiosidad inabarcable,
de extrema oquedad, vacío inocuo que es llenado por la experiencia del
otro. La existencia de la sombra. La persecución que entraña el riesgo
de la alteridad, de la extraña atracción que ejerce el otro, la posesión
inmanente de sí misma mediante el seguimiento.
Al seguir el rastro del sujeto en
cuestión, la artista sufre un proceso de catarsis, de liberación de su
propio yo, puesto que se centra su máxima atención en la existencia del
otro. “Ella se ha perdido en la huella de los otros”
[20].
Se trata de una exorcización, una depuración interior que arrambla con
toda su subjetividad, una apropiación de la alteridad sin el
consentimiento del otro, un allanamiento, un hurto de su morada
interior.
Encontramos
en esta obra el triunfo que habíamos anunciado al principio: su nuevo
rol de flâneuse la ha convertido en agente activo, en la mujer poseedora
de la mirada. Si para la teórica Laura Mulvey la mirada del hombre se
definía como voyeur, y su victima eran las representaciones femeninas en
el cine clásico de Hollywood
[22],
aquí se han invertido los papeles: Calle es la voyeur, y su objeto de
deseo es el hombre desconocido. Pero la artista se adelanta un paso.
Las razones de su fetichización van más allá del placer sexual:
responden a una estrategia de satisfacción escópica, a un hedonismo
visual capaz de saciar hasta la más curiosa de las miradas. Su mirada,
por tanto, se convierte en la herramienta de trabajo más eficaz en su
trayectoria —al menos en las obras de sus inicios—. La capacidad visual
ha de desarrollarse al máximo en la profesión del detective, donde
ningún detalle ocular puede pasar desapercibido.
Esta capacidad observadora es quizás más manifiesta en su posterior obra, Los durmientes(1979).
En ella, Calle invita a dormir en su cama a una serie de desconocidos
—de nuevo gente con la que no guarda una relación emocional— para
grabarlos y hacerle un cuestionario sobre sus hábitos y costumbres. El
nuevo escenario oscila desde el espacio público —las calles— hasta la
esfera íntima. De nuevo los gestos cotidianos, banales ante nuestra
percepción, son para ella actos heroicos, actos capaces de ser sublimes,
convirtiéndolos en una verdadera experiencia poética.
En
Los durmientes, Sophie vuelve
a ser poseedora de la mirada vigilante. Sus objetos de estudio son las
personas que se han dejado observar durmiendo, un acto que los suma en
una antivisión total, en un no ver lo que ocurre alrededor y en un
estado de indefensa y vulnerabilidad. La vigía por el contrario, tiene
toda su atención puesta en su trabajo: “Sólo la vigilia puede dejar
lugar al sueño, y la vigilancia mantenida procede de un sueño rechazado,
una somnolencia negada.(..) Aquel que renuncia a la vigilancia,
renuncia a la atención y la intención, a toda especie de tensión y
expectativa”
[23]
Los durmientes son una suerte de ciegos esporádicos: su visión se
reduce a la opacidad absoluta, la negación de la luz, la disruptiva del
ojo. Jean Luc Nancy otorga al vigía una capacidad de vigilancia capaz de
rechazar cualquier tentativa onírica, una vigilancia que traspasa el
umbráculo de la invisibilidad para satisfacer su tensión escópica. Si en
su opera prima,
Suite vénitienne, se había escondido en la sombra del otro, en su rastro, y, cual detective, había tenido que ocultarse, en
Los durmientes
se muestra por completo. Hay un acuerdo, un consentimiento tácito con
el otro y, por tanto, una doble autoafirmación: la de Sophie Calle como
poseedora de la mirada y la de los durmientes como objetos fetiches y,
en consecuencia, pasivos. La única diferencia estriba en el régimen
lumínico; la ocultación y el escondrijo de la obra anterior se ha
traducido en una reificación y articulación de su mirada mostrada, que,
con el beneplácito del otro, pasa a tener una posición más ventajosa.
El
resultado de este experimento son una serie de fotografías acompañadas
de texto, un modus operandi que empieza a ser una constante en la forma
de presentación de sus obras, motivo por el que se la ha catalogado
como artista conceptual. La noción de archivo forma parte de una
estrategia que muchos artistas comienza a utilizar en sus obras
[24].
No hay por tanto, una voluntad artística en las fotografías, una
estudiada premeditación al captar ciertos aspectos formalistas, detalles
que otros fotógrafos si tienen en consideración. Reside en cambio, una
labor documental, donde la importancia recae en el registro de la
experiencia, a modo de apunte o anotación.
Sus posteriores obras inciden en esta apología de lo cotidiano desvelado por la mirada curiosa e incisiva. En
La filature
(1981) contrata a un detective —a través de su madre— para un
seguimiento profesional que durará un día. En todo momento, el detective
contratado realiza su trabajo sin percatarse de que Sophie Calle, su
perseguida, sabe que la están siguiendo. La visibilidad de la artista se
hace todavía aún más presente que en la anterior obra. “Quería indicios
de mi existencia”
[25].
Lo anecdótico es que esta pieza fue utilizada para una exposición
consistente en autoretratos, por tanto Sophie Calle se hace fotografiar
por un detective para dar constancia de su existencia y ser retratada
por un desconocido con el que no guarda ninguna relación. Es, de esta
manera, otra estrategia donde el perseguidor pasa a ser perseguido,
rompiendo así el régimen de invisibilidad que había adquirido en
Suite vénitienne
cuando era ella la protagonista de la mirada vigilante. A pesar de que
la artista es conciente de que está siendo espiada, se extraña cuando
observa las fotos de su seguimiento. Casi hace literal la afirmación de
Lacan, para quien “desde el momento en que esta mirada existe, yo soy
algo distinto en tanto que siento que yo mismo me convierto en objeto
para la mirada de otros”
[26].
Por primera vez en su obra ella está siendo objeto de la mirada. Si
antes no existía una reciprocidad, ahora que le está siendo devuelta,
experimenta un desagrado, un saber que todos somos vigilantes y a la vez
vigilados, que todos somos susceptibles de ser descubiertos y
observados, una situación que nos sumerge en una desnudez mental: “La
dialéctica de la flanerie: por un lado, el hombre que se siente mirado
por todos y por todo, en definitiva, el sospechoso; por otro, el
absolutamente ilocalizable, el escondido”
[27].
Los ciegos(1986) pone fin a este
análisis de la obra inicial de Sophie Calle. En esta pieza, la artista
pide a un grupo de invidentes que hablen sobre su idea de belleza. Su
intención no es el sarcasmo o la ironía. Se trata por el contrario de
ahondar en la capacidad icónica de una persona ciega. La obra fue
expuesta con todo el material recopilado por la artista en un panel
donde colocó los retratos de los ciegos a los que preguntó, junto con
sus respuestas. Sorprenden increíblemente las definiciones tan precisas y
certeras que dieron, así como la imaginación y la voluntad de
acercamiento a aspectos artísticos mediante otros sentidos, como el
tacto, menos valorados en la Historia occidental.
Si anteriormente clasificábamos a
Los durmientes
como una suerte de ciegos esporádicos, una ceguera onírica autoinducida
y de la que sabemos salir al despertar, aquí no hay una remota
posibilidad de amanecer, de romper el sistema de invisibilidad. En ellos
permanece un régimen de eterna oscuridad, de no visión permanente.
Calle vuelve a jugar con la ventaja del que mira sin ser visto, sólo que
en esta ocasión no debe esconderse, no debe permanecer en la
ocultación. Las personas ciegas exprimen una sinestesia y un mayor
desarrollo de los otros sentidos. Por ello, lo háptico obtiene una
relevancia inusual y se convierte en una estrategia de resistencia
contra la hegemonía del sentido de la vista y el ocularcentrismo de la
Modernidad
[28].
Otro de los cometidos de esta obra se
centraría en discernir cuáles son los códigos de imaginación visual por
los que se adquiriría la revelación de ideas tan intangibles como la
belleza mediante mecanismos no visuales, aunque pertenecientes a un
régimen escópico basado en la negación de su principio fundamental.
La mirada de Calle no puede ser respondida, y, por tanto, se rompe la dialéctica que rige todo régimen visible: la reciprocidad
[29].
Esta relación no correspondida entraña un doble triunfo en la artista,
por un lado la construcción de una mirada demiúrgica, capaz de controlar
sin ser controlado, capaz de romper con la posibilidad de la vigilancia
del otro. Pero también entraña otra opción: la disrupción, la
interrupción del régimen escópico tradicional. La no visión es la salida
a una sociedad cada vez más videovigilada y controlada mediante una
apología del ojo electrónico, lo que nos conduce al mundo cada vez mas
visible e hipertrófico, que bebe de las fuentes de la caverna de Platón:
son sólo sombras lo que vemos, la copia, el simulacro, somos una suerte
de ciegos que no despiertan, atrapados en la tradición platónica de por
vida.
[30]
Se esgrime un resquicio, una posible vía de escape en este
impasse, en este callejón sin salida. Se trataría de la configuración de una mirada háptica
[31]
un acercamiento sin dominación visual, donde lo táctil se configura
como la herramienta necesaria para la descodificación de códigos
escópicos basados en el elogio la visión. Lo háptico se constituye pues
como la resistencia a esa supremacía, y significa una epistemología de
la percepción mediante otras tácticas de contacto con el exterior como
el tacto, el trazo, el código braille para los ciegos, el volumen, el
vacío, elementos que ayudan a objetivar, a moldear ideas —como puede
ser la belleza— desde una conducta ocularcéntrica, desde la resistencia y
la alternativa. Las palabras de Starobinski resuenan aquí: “no
olvidemos tampoco que la noche de los ciegos está llena de miradas fijas
o más bien desviadas hacia las manos, que se dedican a tantear. La
mirada, relación intencional con los demás y el horizonte vivido, puede
adoptar, en ausencia de la función visual, vías compensatorias, pasar
por la extrema atención del oído o por la punta de los dedos. Pues llamo
aquí la mirada más que a la facultad de recoger imágenes, a la de
establecer una relación”
[32]
En las obras de Sophie Calle encontramos
un denominador común: piezas gestadas gracias a un instante, un momento
fugaz, construcciones efímeras que son captadas por ella en el trascurso
de un recorrido urbano, en el desempeño de un trabajo, escuchando
conversaciones ajenas
[33],
mimetizándose con la multitud, interactuando con desconocidos. El arte,
como sostiene Nicolas Bourriaud, es un estado de encuentros, de
intersticios donde poder actuar y trasformar la realidad a través de
micropolíticas cotidianas
[34].
Esos momentos fugaces son el telón de fondo, el criterio de
coexistencia donde tienen lugar las revoluciones ínfimas en lo urbano o
semi-urbano cotidiano: “la obra de arte se presenta como un intersticio
social, dentro del cual estas experiencias, estas ‘nuevas posibilidades
de vida’, se revelan posibles”
[35]. Sophie Calle revela al exterior lo
infraleve, lo
inframinúsculo social,
lo inasible, lo inocuo, aquello que no se puede traspasar, lo que está
tapiado bajo los muros de la razón, lo que Georges Perec llamó
lo infraordinario.
Es
una política de lo inaccesible, una estrategia que aglutina todo lo
menospreciado, lo negativizado, lo sobrante. Desvela lo que queda detrás
del prefijo in —definido por el diccionario de la Real Academia
Española como: “de valor negativo o privativo” — para traspasarlo y
transformarlo en algo digno de apreciar, de descubrir, de agradar. Trata
de rasgar el velo de Popea, de acceder a lo inaccesible Y es que, por
volver a Starobinski, “lo escondido fascina. Hay, en la disimulación y
en la ausencia, una fuerza extraña que obliga al Espíritu a volverse
hacia lo inaccesible y a sacrificar cuanto posee para conquistarlo.”
[36] Sophie Calle, convertida en una
flaneuse
actual, es capaz de utilizar su innata observación, su capacidad
camaleónica, su mirada de infrarrojos para descubrir lo escondido, lo
inaccesible. Deambular y perseguir a la multitud. Conseguir rastrear la
sombra de un perseguido por las calles venecianas. Querer ver los sueños
de los durmientes desconocidos. Contratar a un detective para que
ofrezca evidencias de su existencia. Querer ver qué se esconde detrás de
la visión de un ciego. Son sólo algunos apuntes de sus obras, de sus
intentos de crear nuevas realidades a través de actos cotidianos,
inaprensibles, rutinarios, ceremoniosos.
Sin embargo, hay un hilo conductor
iconográfico que une todas sus obras. Las personas anónimas que componen
este aparato efímero tienen una verdad tangible. Las formas que lo
articulan son los rostros de todos los desconocidos elegidos por azar,
en medio de una enorme multitud. Sophie Calle presenta sus obras con las
fotografías de los rostros de los anónimos que, de modo altruista, se
han dejado escrudiñar, chequear por la artista, como una anatomía de lo
real, de lo verdadero. Sostiene Isaac Joseph que “el rostro es la
manifestación de una esencia que la deja enteramente en su alteridad
para nosotros”
[37].
Poseemos, entonces, la ventaja de poder apoderarnos de su naturaleza
por un instante. Saber que por unos segundos nos pertenecen sus secretos
desalentados, despedidos, deshechos. Sophie Calle sólo es el medio para
captar nuestra atención momentánea. Para poner el acento en eso que
Roland Barthes llamó el
punctum[38],
conmoverse mediante la captación de ese instante fugaz, ya olvidado.
Dejar la huella, restos de nuestra alteridad despojada. Ser viandantes,
flâneurs.
Movernos y deslizarnos por el tiempo: “Ese transeúnte puede pues al
mismo tiempo deslizarse por la superficie de siglos y dejarse captar por
un rostro y un momento, es decir, por figuras, membranas del tiempo y
del espacio urbano, del tiempo y del espacio de las interacciones”
[39].
Al fin y al cabo, Sophie Calle podemos
ser todos nosotros. Cuando nos sorprendemos observando a la gente pasar
por la calle, o mirando por la ventanilla del metro los reflejos de las
personas —como sucede en Manuscrito hallado en un bolsillo, el
cuento de Cortázar—, queriendo averiguar qué se esconde detrás de una
mirada, detrás de las imágenes. Nosotros, que cuando, al fragor de la
noche, volvemos a casa y en los edificios se vislumbran las casas
ajenas, y tenemos el impulso innato de mirar, de observar las vidas de
los otros.
[1] F. Careri
: Walkscapes. El andar como práctica estética, Barcelona,
Gustavo Gili, 2002.
[2] C.Camart: “Sophie Calle, 1978-1981. Genèse d´una figuere d´artiste” en:
Cahiers du Musée national d’art moderne, (París) automne, 2003, n° 85, p. 50-77.
[3] D. Frisby
: “Paisajes urbanos de la modernidad: exploraciones críticas” Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes, 2007, p.52.
[4] Susan Sontag ha señalado la relación del flâneur con la cámara fotográfica en:
On Potography, New York, RossteBooks LLC Electronic Edition, 2005, p 43.
[5] G.Delueze, F. Guattari:
Mil mesetas.Capitalismo y Esquizofrenia, Valencia, Pre-textos, 1997, p. 29.
[6] W. Benjamin:
Libro de los Pasajes, Madrid, Akal, 2009. p. 436.
[7] A excepción de Kracauer en:
The mass ornament. Weimar essays, EEUU, Harvard College, 1995 y de Franz Hessel:
Paseos por Berlín, Madrid, Tecnos, 1997.
[8] D. Frisby:
Pasajes urbanos de la Modernidad: exploraciones críticas, Op Cir p 62.
[9] Esta relación viene analizada en
Iluminaciones II. Baudelaire un poeta en el esplendor del capitalismo, Madrid, Taurus, 1972.
[10] S. Buck-Morss: “ The Flaneur, the sandwichman and the whore: the polits of loitering”
New German Critique, No. 39, Second Special Issue on Walter Benjamin (Autumn,1986), pp. 99-140.
[11] D. Frisby:
Pasajes urbanos de la Modernidad: exploraciones críticas, Op Cit p. 57.
[12] J. Baudrillard, S. Calle:
Suite venetienne( Please follow me), Seattle, Bay Press, 1988.
[13]
El estudio de la mujer flaneuse viene analizado en: Janet Wolff: “The
invisible flaneuse; Women and the literature of modernity”
Theory Culture and Society, special issue, “ The Fate of Modernity” vol 2, nº 3, 1985.
[14] J. Mouton: “ From femenine masquerade to flâneuse: Agnès Varda´s Cléo in the city”
Cinema Journal 40, Nº 2 Winter 2001
[15] Véase el artículo: T. McDonough: “The crimes of the flâneur”
October 102, Fall 2002 pp 101-122.
[16] Para una mayor aproximación al tema, véase. T. Davila:
Marcher,Créer. Déplacements, flaneries, derives dans l´art de la fin du XX siècle” Paris, Regard, 2007.
[17] G. Ammendola: La ciudad postmoderna. Magia y miedo de la metrópolis contemporánea, Madrid, Celeste Ediciones, 2000. p. 101
[18] En realidad fue realizada en 1979, pero por motivos legales no la pude datar en su año correcto.
[19] S. Redhead
: The Jean Baudrillard reader, New York, Columbia University Press, 1983, p. 75
[21] C. Marcel: ”The author issue in the work of Sophie Calle.Unifished” en: C.Camart (ed):
Did you see me, Munich, Berlin, London, New York, Prestel Vergel, 2003, pp17-29.
[22] L.Mulvey:
Placer visual y cine narrativo, Valencia, Episteme, 2002.
[23] J.L.Nancy:
Tumba de sueño, Buenos Aires, Amorrotu, 2007, p.13
[24] H. Foster: The Archival Impulse en:
October, Fall 2004, No. 110, Pages 3-22
[25] C. Marcel: ”The author issue in the work of Sophie Calle.Unifished” en: C.Camart (ed):
Did you see me, Op. Cit. p.19
[26] J.Lacan
.: El seminario de Jacques Lacan, Barcelona, Buenos Aires, Paidós, 1981, p.99.
[27] D. Frisby:
Paisajes urbanos de la Modernidad. Exploraciones críticas. Op. Cit p.51
[28] M. Jay
: Ojos abatidos, La denigración de la visión en el pensamiento francés del siglo XX, Madrid, Akal, 2007.
[29] G. Didi-Huberman:
Lo que vemos, lo que nos mira, Buenos Aires, Manantial, 1997.
[30] Para una mayor profundización del tema ver: M. A. Hernández Navarro
: La so(m)bra de lo real: el arte como vomitorio, Valencia, Alfons el magnanin, 2006.
[31] M.A. Hernández Navarro: “Resistencia a la imagen (Mary Kelly, La balada de la antivisualidad)”
Estudios Visuales nº 4, Enero 2007, pp. 71-99.
[32] J. Starobinski:
El ojo vivo, Madrid, Cuatro, 2002. p. 11
[33]
Por ejemplo la obra “Los ciegos” se le ocurrió escuchando una
conversación entre dos personas invidentes. R.Olivares: “Entrevista con
Sophie Calle”
Lápiz, nº 130, 1997, pp. 32-47.
[34] N. Bourriaud:
Estética relacional, Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2008.
[36]J. Starobinski:
El ojo vivo, Op Cit. p. 9
[37] I. Joseph:
El transeúnte y el espacio urbano, Barcelona, Gedisa, 1988. p.54.
[38] R. Barthes:
La Cámara lucida, Barcelona, Paidós, 1989
.
[39] I. Joseph:
El transeúnte y el espacio urbano, Op cit, p. 49
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